¿Cuántas crisis más serán necesarias para cambiar?

Una mirada retrospectiva rápida, permite afirmar que todas las etapas de la historia de la humanidad, están inundadas de mayor o menor sufrimiento en diversas áreas de la vida.

En todas las épocas conocidas, la actitud destructiva del ser humano ha estado presente bajo múltiples justificaciones históricas a través de guerras, colonizaciones, imperialismos, etc. destapándose los rasgos de carácter más oscuros y cuestionables del ser humano: rasgos que entrañan desprecio, poder e ignorancia de unos pocos sobre la mayoría, de los denominados «fuertes» sobre los más «débiles» en aras de ideales perversos que degradan a nuestra especie frente a cualquier otra del reino animal.

Como una realidad y también una forma de paliar nuestras conciencias, miramos los logros de nuestra especie caracterizada por una gran potencialidad para la realización de asombrosas creaciones en todos los ámbitos de la ciencia, la cultura y el desarrollo. La ciencia, nos descubre universos desconocidos y nos deslumbra con sus posibles aplicaciones en todos los ámbitos de nuestra existencia, aunque no siempre respetuosas con las leyes de la naturaleza.

¿Por qué ante tanta potencialidad creativa humana, se contrapone una fuerza tan destructiva, disfrazada de guerras tribales o imperialistas según las épocas? ¿qué ocultas emociones empujan al ser humano a despreciar la Vida en su sentido más amplio?

Podemos quedarnos en este análisis, refugiándonos en un «siempre ha sido así» Pero también podemos ir más allá, tratando de adentrarnos en las emociones humanas que se encuentran en la antesala de los conflictos.

El imperialismo no sólo afecta a los pueblos: También impregna desde hace demasiado tiempo, el mundo emocional de los seres humanos desde la más tierna infancia. En todas las esferas de nuestra vida cotidiana, la llamada razón (demasiadas veces «sin razón), se impone sobre la emoción, ahogando su expresión como vehículo de comunicación. Se presentan como antagónicas, capacidades que son complementarias, en un intento fallido de hacer del niño-a un ser «duro» capaz de afrontar los sinsabores de la vida, ahogando desde la raíz y de muchas formas, su anhelo de vivir.

¿Cuál es el resultado, si observamos el funcionamiento de nuestra sociedad? Salvo gozosas excepciones, en general y con diferentes grados conseguimos un adulto duro que no fuerte, insolidario, que ya no se escandaliza ante tanta destructividad y que se encuentra sumido en la impotencia ante la injusticia y sufrimiento humano.

¿Cuál es el origen?

El carácter de cada uno de nosotros, se forma en los primeros siete años de vida. Durante esta etapa crucial del desarrollo psicoafectivo, se forman las bases de la futura personalidad adulta. La percepción del mundo interno y externo, depende en gran medida, de esos primeros años de vida y de cómo se haya conformado el universo emocional desde el ambiente familiar y escolar. De ahí la importancia de un profundo abordaje preventivo.

Las emociones destructivas, que conllevan desprecio, deseo de poder y humillación de unos sobre otros, tienen su origen en la vivencia de la frustración afectiva durante los primeros años de vida. Los grandes dictadores, tanto a nivel político como a nivel familiar, han sido niños-as desprovistos del más mínimo respeto por sus necesidades de atención, afecto y consideración cuando tan sólo eran unos bebés que reclamaban unos brazos ante su llanto desesperado o unos niños-as asustados ante la autoridad paterna o escolar.

Las revoluciones sociales, son siempre un fracaso sino conllevan una revolución interna familiar, que consoliden los cambios externos. Reproducimos permanentemente, modelos autoritarios o demasiado permisivos pero carentes de calidad humana en ambos casos.

Perpetuamos de padres a hijos, la ausencia de ese vínculo afectivo seguro, a través de la transmisión intergeneracional de patrones educativos poco saludables.  Ese apego seguro cálido y firme, tan necesario en la primera infancia, único antídoto ante la barbarie y destrucción humana.

Sólo preservando el derecho a un desarrollo emocional saludable desde el inicio de la vida y durante la etapa crítica de la infancia, podremos frenar este viaje colectivo hacia la locura. Y para ello, nos debemos de cuestionar profundamente, si nuestro ritmo de vida, nuestras prioridades como padres y madres y educadores, están acordes con las necesidades de los más vulnerables: los niños-as. No se trata de modelar a las criaturas a nuestro ritmo deshumanizante, sino desacelerar el nuestro, conociendo sus necesidades emocionales, para poderlas respetar.

La ciencia, el avance tecnológico occidental, ha cometido un grave error:  abandonar el cuidado de la primera infancia, como única medida preventiva capaz de evitar cualquier desastre posterior a nivel micro-familiar y macro-social.

No se trata de buscar medidas preventivas en la adolescencia, o paliativas ante el maltrato familiar. No se trata de parchear.

Se trata de afrontar en profundidad un hecho palpable:

Nuestra especie está caminando hacia la autodestrucción de su gran potencialidad humana, al mismo tiempo que arrasa el ecosistema del planeta. No podemos ignorar por mucho tiempo más, que existe una alternativa viable, constructiva y acorde con nuestro anhelo profundo de bienestar: partir de la asunción de nuestra responsabilidad como adultos ante los portadores de la antorcha del mañana: los niños-as de todo el planeta, potenciando cambios estructurales profundos y saludables.

Las madres-padres, educadores y sociedad en general, tenemos en la propuesta de la Prevención Infantil, una respuesta reflexiva ante los actuales modelos de crianza y educación, siendo beneficiarios directos los más vulnerables: la primera infancia. Y para ello, es fundamental una formación profunda, continuada y adecuada, en todos los ámbitos que interactúan con la infancia

 

Yolanda González.

Psicóloga clínica.

Formadora  en Promoción de la salud Prevención Infantil.

Presidenta de APPSI